El precio invisible que nadie te dice, entre lo que dejas y lo que encuentras
La maleta no solo llevaba ropa, llevaba mi vida
Migrar te hace crecer, pero también te rompe un poco…
En ocasiones necesitas alejarte para aprender a valorar las pequeñas cosas de la vida.
Eso sucede cuando emigramos.
Ganamos mucho… pero también dejamos mucho.
Nadie te dice todo lo que vas a perder.
Pierdes el calor de tu familia.
Pierdes ver envejecer a todos mientras los observas desde la pantalla del celular.
Y tú también estás envejeciendo… o tal vez solo creciendo.
Como dice una canción:
“Dios perdona, pero el tiempo a ninguno.”
Solo yo sé las noches que me ha costado estar aquí.
La migración no se ve… pero se siente.
Y aunque ahora tengo más, me pregunto:
¿A qué costo?
He perdido tanto:
emocionalmente, mentalmente, laboralmente…
Dejé atrás mi vida anterior.
La única vida que conocía.
Con la que crecí.
Tantos patrones aprendidos,
costumbres,
cultura familiar,
gastronomía,
calidez…
Todo eso que me caracterizaba, poco a poco se va apagando.
A veces siento que me he perdido a mí misma.
Pero eso no significa que no esté orgullosa de mí.
Porque he sido la más valiente,
la que metió su vida entera en una maleta
y tomó un vuelo sin fecha de regreso.
A veces, en mis sueños, regreso…
disfruto con mi familia.
Pero al despertar, la realidad es otra.
Aunque gracias a ellos, los siento cerca.
Los siento míos.
Sé que hay años que me harán preguntas,
y otros años que me darán las respuestas.
Por ahora, estoy tranquila conmigo misma.
Sé que he hecho lo mejor que he podido con lo que he tenido.
Solo que a veces siento que merezco más…
y que lo que doy no es recíproco.
Solo Dios sabe lo mucho que me estoy esforzando para no rendirme.
Y lo mucho que duele este proceso.
Solo quiero, un día, levantar la frente en alto y poder decir:
“Se logró.”
A veces pienso cómo sería mi vida si no hubiera emigrado.
Y me da miedo imaginarlo.
Porque por mi mente pasan muchas situaciones caóticas…
pero ninguna buena.
Y eso me duele,
porque emigrar no es fácil.
No es fácil aprender un nuevo idioma,
trabajar con personas de todo el mundo,
adaptarse a leyes, costumbres y comidas ajenas.
No es fácil no sentirse parte.
No es fácil, punto.
Pero también sé que todo lo que llega fácil, fácil se va.
Y por eso me esfuerzo tanto.
Porque sé que Dios me ve,
y que sabrá recompensar mi sacrificio.
Él me ha enseñado a no pensar tanto en el destino…
sino en disfrutar el camino,
aunque ese camino sea difícil.