A veces, lo que más miedo nos da —la soledad—
termina siendo más amable que ciertas presencias.
Conocí el amor… y con él, el dolor.
Nunca había deseado tanto estar sola, no por soledad física, sino por no sentir ese amor que consume y luego duele.
A veces creo estar bien, pero vuelvo a desear mi soledad.
He llegado a un punto donde no sé qué es peor: seguir mal acompañada o estar sola y enfrentar el miedo.
Quizás es costumbre, quizás pánico. Necesito alguien, aunque no me ame, solo para no sentirme tan perdida en las noches frías.
Quisiera ser fuerte, independiente, brillar sola, pero cada día me siento más apagada.
Sé que aprender a estar sola no es castigo, sino libertad.
Y que el amor más importante es el que me doy a mí misma.