El precio de no estar sola

A veces, lo que más miedo nos da —la soledad—
termina siendo más amable que ciertas presencias.
Este es un desahogo, un recordatorio de que no siempre vale la pena pagar
el precio de no estar sola.

Conocí el amor… y con él, el dolor.
Nunca en mi vida había deseado tanto estar sola.
Y no me refiero a la soledad física, sino a no sentir amor.
Ese amor que te atrapa, te consume, y cuando estás en la cima…
te deja caer en caída libre y sin paracaídas.

Hoy es uno de esos días donde duele un poco más.
Donde la costumbre me daña, me hiere, me apaga.

A veces pienso que todo va a mejorar, que todo va a cambiar.
Y por momentos siento que estoy bien, que me siento bien, que estamos bien…
pero pasan unas horas y me equivoco,
y ya estoy deseando nuevamente mi soledad.

Nunca había anhelado tanto mi soledad como ahora.
Pero, ¿saben?
Pienso en las ocasiones en que he repetido este sentimiento,
y creo tenerlo controlado… hasta que vuelve.
Hasta que se repite.

He llegado a un punto en el que no sé qué es peor:
¿Seguir mal acompañada o estar sola, arriesgándome a que aparezca alguien igual?

Quizás esa sea la razón por la cual aún no salgo de esto.
O quizás sea otra.
Quizás es costumbre.
Se me volvió costumbre el amor.
O tal vez… le tengo pánico a enfrentar mi vida sola, sin ninguna compañía a mi lado.

Tal vez sea eso.
No sé estar sola.
Siempre necesito a alguien…
aunque no me ame, aunque no me ayude, aunque no me valore,
pero que esté.
Que me acompañe en esos días oscuros,
en las noches frías donde solo quiero un abrazo.

No me entiendo.
Honestamente, no puedo.
Quisiera tener la fuerza para salir de lo que me agobia, me daña y me apaga…
pero soy yo misma quien le pone peros, quien pone excusas.
Y aquí sigo: acostada en la cama, a su lado, sintiéndome miserable.

A veces pienso…
¿qué sería de mí si fuera capaz?
Si me atreviera a ser esa mujer independiente que no necesita de un hombre que la apague,
para poder brillar sola.

Pero cada día que pasa, me siento más apagada.
Y me da miedo.
Miedo de no saber a dónde me lleve esto.
Sé que es una decisión que solo yo debo tomar…
pero en momentos como este, solo quisiera que Dios se sentara a mi lado y me dijera qué hacer.

Él sabe qué es lo mejor para mí.
Él sabe en qué terminará todo esto.
Y me gustaría que guiara mis pasos, mis decisiones.
Sé que a veces siento que no lo hace…
pero también sé, en lo profundo, que todos mis pasos me están guiando hacia sus bendiciones.

Quisiera ser fuerte.
Valiente.
Como lo fui un día, cuando el amor no me había dañado tanto como hoy.
Cuando mi corazón no dolía.
Cuando no lloraba por todo.
Cuando era feliz…
Y no me refiero a la felicidad que provocan las cosas,
sino a esa felicidad que nace de una misma.
De estar bien contigo, en tu propia piel.

Esa felicidad que antes me daba la seguridad de que podía con todo.
Esa que hablaba por mí.
Esa certeza…
ahora no está.

Y aquí estoy.
Detrás de un hombre que decide por mí,
que me hace a un lado
en mi propia vida.

Sé que este camino no es fácil,
pero también sé que la fuerza para seguir está en mí.
Que aprender a estar sola no es castigo, sino libertad.
Y que, aunque hoy el miedo me ate, mañana puedo ser esa mujer que brilla por sí sola,
sin depender de alguien que apague su luz.

Porque el amor más importante es el que me doy a mí misma.